Cuando la muerte se antoja – Arturo Sigüenza, triste y buena Historia más

Cuando la muerte se antoja
La enorme sombra que se dibujó tras los cristales de mi
puerta duró un segundo y se disolvió con el estruendo
del relámpago en el fondo. Me paré de un brinco del sofá
para abrirle, en tanto que pasaba de la sorpresa al alivio de
reconocer la gran estatura de Alfredo, quien venia bajo la
lluvia envuelto en su eterna cazadora de pana verde, con unas
bolsas del súper y un ridículo sombrero de pescador.
  • Pasa, viejo, pasa, ¡vienes hecho una sopa! – dije al
tiempo que le ayudaba con las bolsas que sonaron a vidrio
de botellas. Se quitó la cazadora que escurría y la montó en
una silla, aventó al piso el sombrero y me abrazó fuerte, a
sabiendas que los abrazos largos no son de mi agrado.
  • Siento haber llegado sin avisarte, che, pero …
  • Sí hombre, no te fijes, hazte un café en lo que traigo
una toalla –le dije anticipándome a su infaltable petición de
un cafecito, por favor. Regresé de la recámara con la toalla
y Alfredo estaba sirviendo cerveza para dos.
  • Venga, chocá el vaso.
  • No la jodas, hermano, mañana tengo examen, no sabes
cómo me las estoy viendo…
  • Anda che, hace meses que no te ceo, y los examenes
nunca te han preocupado, no vengas con esas pavadas.
Y me extendio el vaso espumoso con oscura que tomé
sólo por no contrariarlo, por evitar su fastidiosa necedad.
  • Ya pues, salud.
  • ¿Y cómo vas en el cole, che, por fin en literatura no?
Cuéntame, cómo van tus cuentos.
  • No quiero tocar el tema – respondí sin verle a la cara.
Mi indiferencia lo exaltó.
  • ¿Cómo? ¡Si es de lo qeu más charlamos! ¿Me estás
cargando?
  • Que no, Alfredo, no voy a hablar de mis textos, déjalo
ya. Mejor dime cómo te fue en Rosario, ¿viste a tu madre?
  • ¡Rosario! Hasta que decís Rosario y no Argentina,
¡che!- y se levanto para hacerme una reverencia por tan
soberano comentario. Sonreí, Todas las veces que volvía de
su tierra yo le preguntaba cómo le había ido en Argentina,
y él se encabronaba y me corregía que había ido a Rosario,
a Ro-sa-rio.
El detalle de la reverencia me quitó el mal humor. Sorbí un
vaso helado y con el trago me olvidé del examen, de la lluvia
que afuera apretaba y de los dos mil pesos que Alfredo me
debía. Pidió que le leyera mi último cuento y me obsequio
un alacrán de los azules para animarme. Desde que pisó la
cárcel por falsificar papeles de inmigrantes, Alfredo llamaba
asi a los cigarros de marca Alas. Decía que en el reclusorio
Sur había escuchado el verdadero idioma mexicano, y que
los cigarros Alas eran los mejores. Total, con el alacrán
humeante en los labios, saque un folder del escritorio. Le
comenté que ese cuento lo iba a leer el martes anterior, en el
taller literario, pero que no hubo tiempo para darle lectura.
Le pregunté si estaba listo, el asintió y cruzó la pierna. Con
su mirada fija en el techo y expulsando humo sólo por la
nariz, me escuchó:
LOS NIÑOS LUMINOSOS
Vistos desde la luna, los niños luminosos con el punto
más verde en su planeta. De día, se acostumbran
a verse apagados; de noche, viven para iluminarse.
Apenas irrumpe el ocaso, inicia la competencia por
ser el mas resplandeciente: con sus brazos al cielo,
persiguen las estrellas que juegan con su titilio a es-
conderse. Son unas chispas eléctricas, un pequeño
eclipse en la mano cada vez que atrapan alguna.
Las toman por sorpresa y sienten las cosquillas que
hacen con su brillo incandescente. Con ellas decoran
sus cuerpos, hasta mirarse todos verdes de los pies
hasta las antenas.
Ungidos con la fosforescencia de su plasma, los
niños luminosos se persiguen entre la oscuridad que
los envuelve para proteger su fulgor, mientras tratan
de arrebatar un copo de luz a sus compañeros. Así
se van despojando de su verde aura, hasta que el
mas reluciente corre por la penumbra, encabezando
una larga carrera de luces que da vida a un terrestre
y verde cometa.
En la inevitable alborada, los niños luminosos
se funden uno a uno, al perder un esplendor, retor-
nan al claroscuro de su insomnio. Desean que la
noche futura esté plagada de centellas y aerolitos
vivientes, para pulir su oscuro oficio de brillantes
verdugos de luciérnagas.
Alfredo se mantuvo en silencio. Siempre se daba tiempo para
pensar, le gustaba decir palabras certeras cuando hacia la
crítica. Quizá por esa buena costumbre hicimos amistad. “Se
es más hijo de su palabra, que de su madre” repetia cuando
alguien le reclamaba la tardanza para emitir su argumento.
Sin embargo, fuera de la literatura y el trago no teníamos
concidencia alguna; bueno y quizá la ordinaria atraccion
por jovencitas pelirrojas.
Alfredo bebió su resto y se mostró el último envase
vacío, enchuecando la cabeza y cerrándome on ojo. Me reí
de sus clásicas gesticulaciones que hacia para pedirme un
favor, pero le contesté que no pensaba ir por más cerveza
bajo esa lluvia endiablada. Pareció no escucharme, pues sacó
un billete de quinientos y con cinismo dijo que el cambio
lo abonara a su cuenta. Ni hablar, nunca pude contra su
necedad. A falta de sombrilla me puse su cazadora, le doblé
varias veces las mangas y en conjunto me llegaba debajo de
las rodillas. Al verme nadar en su prenda, Alfredo contuvo
la risa y señaló el ridículo sombrero de pescador en el suelo
mientras alzaba sugerente las cejas. Era tan copioso el agua-
cero que no dudé en ponérmelo, y en cuanto Alfredo me
vio de cuerpo entero con su indumentaria soltó la carcajada.
Creo que fué la última carcajada que le escuché.
Llegué a a tiena de la esquina y al sacar el billete sentí una
hoja doblada en el bolsillo de la cazadora. Pensé que segura-
mente era su cuento, así que la desdoblé por curiosidad, quizá
para adelantarme a los comentario que tendría que hacerle.
Sin embargo, en cuanto acabe de leer el papel me arrepentí
de haberlo hecho, simplemente me quede frio al enterarme:
era el acta de defunción de su madre, fechada unas semanas
atrás. De vuelta al apartamento no me pude quitar la imagen
de Mamá Pita, ese único retrato blanco y negro que Alfredo
portaba en su billetera y que besaba cada vez que sufría un
estornudo, seguido de un “Mamá Pita”, te estas acordando de
mí. Y mostraba con orgullo la foto, Mamá Pita y su elegante
chongo de salón de belleza, Mamá Pita y su collar italiano de
perlas, “¡uy!, ya probarás los guisos de Mamá Pita”, me decía
con esa mirada azul que brillaba más cuando hablaba de su
madre. Sentí mucha pena por la noticia, y más aún el hecho
de tener que hacer mutis frente a mi amigo.
Cuándo abrí la puerta, Alfredo se limpió las lágrimas
tratando de disimular. “Qué velocidad, che, venga, venga”
Saco su navaja multiusos, destapó una y me sirvió al tope.
  • Sin espuma ¿eh?, como te gusta. Pues bien, mirá, tengo
la impresión que vos has tardado para hacer este textito
  • ¿Textito? -pregunté un poco molesto en el sofá. No
me gustó que lo nombrara así, pero en ese momento no im-
portaba lo qeu dijera, no importaba si el texto le agradaba o
no. Lo que yo esperaba era que me hablara de Mamá Pita,
qué sacara el terrible sufrimiento que traía en el pecho y que
seguramente venía a soltar conmigo.
  • Me parece que te has detenido en cada palabra, no
siento que fluya como otras de tus narraciones, ¿Cuál es
la intencion de mezclar las luces, el cosmos y un juego de
niños?. El lector no es tonto, recordá, le estás tirando una
trampa y al final desilusionas, confesás tu pecado ¿viste? A
mí no me importa que unos pibes atraben luciérnagas y se
las desripen en su cuerpo, ¡sino por qué lo hacen!
  • Está bien, sólo te aclaro que es la primera vez que
intento una minificción.
  • Mini ¿qué? No me cargues, che, estos terminajos de
seguro te los están metiendo en el cole, ¿no es cierto? Por
eso te advertí que no fueras allí, ¡te están encajonando, bo-
ludo! ¿y luego?
  • Te lo dije hace rato, mejor no hablemos más del cuento,
¿te parece?
Alfredo insistió en discutir. Sentí que lo que hacía a propósito
para no hablar de su madre. Por ello continué y le dije que
había escrito el texto pensando en una frase de Freud; Lo si-
niestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado.
El tema le encantó, pronunció todo un ensayo acerca de lo
siniestro, mencionó algunas obras alusivas al tema, y acabó
por preguntar si de verdad me parecía siniestro mi cuento.
Permanecí callado, tratando de darle una explicacion que no
conseguí, pues mi mente estaba ocupada en el acta de defun-
ción, el pesar de la muerte de una madre, el sufrimiento de un
amigo. Así pasamos el tiempo hasta que oímos el silencio de
la lluvia que habia terminado y Alfredo quiso subir a la azotea.
Le gustaba subir a la azotea de estos departamentos. El cielo
estaba limpio. Se fué a orinar entre dos tinacos de asbesto y
caminó hacia a orilla para sentarse con las piernas al aire. La
calle permanecía desierta, serían quizá las dos de la mañana.
No diré de qué hablamos allá arriba, sentados sobre papel
periódico, bebiendo copiosamente. Sólo quiero decir que me
hizo prometer darle lectura a mi cuento en la siguiente sesión
del taller. Lo hice a mi modo, leyendo frente a mis compañeros
talleristas todas estas líneas. Y siento que le cumplí.
Al cabo de unas horas de charla y un par de viajes al
minisuper nocturno, Alfredo se empinó la última cerveza
y encendió un alacrán. Sacó todo el humo por la nariz, le
dio otra larga chupada al cigarrillo y, como si llevara mucho
tiempo preparando una frase memorable, una de esas frases
que marcan la memoria cual hierro candente, se despidió
diciendo:
  • Adiós, hermano, recordá que si el aire suena, es que
pájaros lleva. Aeternum vale.
Con el viento frío chocando en su rostro y la luna en sus
ojos azules, Alfredo puso sus Alas en mi mano y se aventó a
la calle con los brazos extendidos. “¡Mamá Pitaaaaa!”, gritó
en su fatal caída.
Yo me quedé petrificado, con las pernas en el aire, sin poder
pensar, sin querer respirar siquiera. No sé cómo fumé el
resto de los Alas viendo el cuerpo torcido de Alfredo. Lo veía
tan pequeño, a pesar de que media casi dos metros. Quedó
como si estuviera tratando de escuchar un ruido debajo de
la banqueta. De forma estúpida, pensé que escuchaba los
passos del a Muerte. Mi mente se centró en el punto del ciga-
rrillo que se consumía cerca del cadáver, y otra vez estúpido
imaginé que era una luciernaga de luz roja.
Por un instante tuve deseos de arrojarme también. No
tenía más que impulsarme, dejarme caer. Quería llegar vo
lando al suelo para tomar la luciérnaga roja y embarrarmela
en la piel, y brillas de rojo sangre, como Alfredo que dejaba
escapar un rayo de luz roj por el cráneo. Morir se veía tan
fácil. Cuando está así de cerca, la muerte se antoja. Lo juro.
La Muerte se antoja.
A la brevedad el edificio se convirtió en un hormiguero,
focos de patrullas a mis pies, una turba de vecinos acusa-
dores, dos oficiales arrastrándome por mi mutismo. Hasta
hoy sigo pensando qué quiso decir mi amigo con que “si el
aire suena, es que pájaros lleva”. Sólo sé que él hizo sonar
el aire como un ájaro sin alas. Sin sus malditas alas. Alas
azules convertidas en ceniza.
A tu salud, Alfredo. Aeternum vale.

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