Esperando tu llegada

– Hola… ¿Qué tal tu día?
–Bien, mi amor… porqué?
– Por nada… quiero hacer el amor contigo.
— ¿Ahora? ¿Pero dónde?
– Vamos para acá – señalando el cuarto que hacia las veces de bodega.
Ella lo siguió. Afuera había miradas y oídos curiosos.
– ¿Me amas?
— Si mi amor. ¿Pasa algo? Me sorprende cómo estás
– Nada me ocurre corazón, es sólo que he pensado mucho en ti. Te necesito.
Él se acercó despacio y plantó un delicado beso que la hizo vibrar desde la boca del estómago. Sus labios eran suaves, la excitación fue instantánea, el primer roce de sus lenguas generó un calor delicioso que se llevó cualquier rastro de frío almacenado en su cuerpo.
Sin separarse, él posó su mano alrededor de su cintura, guiándola hacia el escritorio. Ella se dejó llevar. Había ansiado toda la semana sentir su cuerpo. Con su lengua, probó la sal en su piel. Sabía a gloria. Ella respondió a las caricias abrazándolo.
– ¿Puedo meterme dentro tuyo? Le gustaba esa actitud, de consultarle si quería, si podía. Le daba poder.
— Puede venir alguien, nos pueden escuchar.
A pesar de la resistencia expresada en palabras, sus miradas hablaban por ellos, querían devorarse, arrancarse la ropa y gozar de placer. Ella se bajo el pantalón hasta las rodillas, sonrió y asintió. Él tocó con su mano su entrepierna.., húmeda.., como solía ponerse en los momentos intensos de deseo. Volvieron a besarse. Ligeros mordiscos le ponían un toque juguetón al encuentro. Ella deliraba. Sus pelvis se unieron y pudo sentir su pene, duro como una roca, imponente, lujurioso. Lo sintió entrando en ella, abriendo camino, engulléndolo entero. «Oh Dios» exclamo ella, olvidando por un instante que afuera había personas trabajando.
Una mano recorrió su cintura empezando a subir hasta sus pechos para masajearlos. Ella reprimió un gemido. Luego metió su mano por debajo de la blusa, acomodó el sostén y tuvo los senos a su entera disposición. Mientras relamía un seno, con su mano masajeaba el otro. Sus pezones ya estaban erectos. Ella suspiraba.
Sus cuerpos se movían intentando, sin lograrlo, mantener silencio. De pronto el sintió que una corriente de humedad descendía por su pierna. Era ella quien lo mojaba. Nunca antes la había sentido tan húmeda, tan caliente.
Luego de algunos minutos de juntar y alejar sus cuerpos una y otra vez, ella, no pudiendo soportar el saberse escuchada le pidió: Maldita sea, vente, no puedo más estar así.
Sus ojos le pedían seguir. Decían claramente «quédate». No era suficiente el orgasmo, cuando lo que necesitaba era sentirle cerca.
– Sorry, no puedo más, exclamó parando de repente.
Volvieron a vestirse, guardando las ganas, abrochando las ansias, acomodándose el hambre. Ella se despidió del cuarto con un suave beso y una sonrisa pícara. Él se quedó ahí, observando su salida de la pequeña bodega. Y mientras abría la puerta y salía, caía en cuenta que ese encuentro había sido sólo un abreboca.

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